No ha de morir la esencia liberada del recuerdo
sin que sepa la memoria estaré yo de regreso
Eramos José Luis y yo compañeros de los intentos, aferrados a sentir lo que la piel nos reflejaba. Ante tanto dolor en tu partida, solo puedo escribir para habitar esta tristeza agrietada en el alma.
Esta tristeza es profunda, pero se evade
en la nostalgia
y nos deja una lágrima, un preludio y la
melancolía cálida
de los soles que por las tardes
a las sombras
nos arrastran.
Eramos compañeros en esos lugares donde la vida se roza con la muerte, hermanos de alegrías y tristezas, sobrevivientes de las dudas y los recuerdos, de tantos sitios compartidos que no le temen al sentimiento. Tu diario acercamiento a cada uno de nosotros, tu compromiso con los dolientes, tus reflexiones y refugio a los que iniciaban el conocimiento, no tuvo pausas ni claudicaciones. Tenía tu presencia ese halo de benefactor mágico.
Tu adios adelantado aún arroja fuegos
sacrificio de los dioses en días inciertos
tan profusa es la herida que no cesa
de apartar tu partida de la existencia.
El pasado, de incógnito, se apodera de su origen más remoto. El hecho olvidado y fosilizado vuelve en el interior de la memoria. Es la resurrección de una nueva estación. Imperceptible al principio, no es capaz de escabullirse de los gestos y las palabras progresivamente renovadas. Resurgida la memoria, crece a la sombra del regreso más silencioso. Del último dolor que dejan los cobres del ocaso. Pero en algún momento se vuelven conmoción y caos. Se desprejuicia y embiste. No mide consecuencias ni conveniencias. Derrumba las póstumas murallas que resistían la libertad. Y las memorias que habían huido de su representación vuelven a aparecer para el último adiós antes de iluminar con la estela final que dejan en su camino.
Quiero volver contigo a las entrañas
Y creer que no estás muerto… compañero
de los intentos… aprendiz de las noches
con sus sueños.
La memoria es un acto de expiación. Nos sitúa en una disposición de sufrimiento. Despojados de agresividad, es la memoria la que transparenta nuestra condición hasta el límite más extremo. El hombre necesita de ella para engendrar su recuerdo. Así llega a la tristeza, el instante en que el ser puede escapar de su propio sentido y contemplarse externo a ella. En este acecho no hay interferencias, solamente se escudriña frente a un espejo tratando de visualizar su propio interior. Toda nuestra memoria se transforma en un punto de tristeza extrema, en una convergencia ya más allá del dolor. Rayana en la indiferencia, en la aceptación de nuestra inanidad. Estas palabras tienen esa impronta de estar para pensar ausencias, de tantas historias vividas contigo, compañero José Luis, que me dejan sin consuelo.
Entonces, permanecemos extraños al entorno, condescendientes sin necesidad de espacios ni tiempo que ocupar. Apenas vigil, como están las estaciones sujetas a una jerarquía de libertad íntegra. La que da al ser su comprensión de hecho circunstancial y azaroso; sin que importe el destino. Es el desgarro que nos produce la conciencia sojuzgando a la tristeza y a la inanidad, fuentes de la emancipación extrema.
Compañero, no hubo paz en este tiempo ni tiempo que olvidara. Detallar tu extensa obra médica en cada lugar hospitalario, en la Sociedad Argentina de Cardiología y en la Revista (RAC), sería tan extenso al punto que con solo decir José Luis Barisani, todos saben de tu trayectoria en el compromiso profesional y ético. También sé que esta página ante tanta vida transcurrida en tu compañia es insuficiente, pero es el dolor que parte de la forma humana.
Ahora es otoño. Se siente el crujir de las hojas amarillentas y yertas debajo de los pies. Desde la imaginación has pasado a ser yo. Las distancias entre nosotros se han acortado. Ya no esperas del otro lado de mi confesión infundiéndome fuerzas. Caminas dentro mío entre la niebla que destila la llovizna gris. Hemos sorteado juntos no pocos pasos. Miedos, fracasos, sufrimientos. Y también las alegrías de cumplir con tantas cosas en los sucesos que nos imponía la incertidumbre del destino.
José Luis, solo seremos libres al asumir la tristeza como nuestra condición indispensable para percatarnos. Entonces podremos renacer como las estaciones, sin esperar más que nuestro determinado crepúsculo. No por ignorancia, ni por esclavitud de esta última, sino por la propia decisión de deshacernos de nuestra idiosincrasia a través del afecto, aunque este llegue de la mano de la congoja.
Quiero volver contigo a las entrañas
y creer que no estás muerto… compañero
de los intentos… aprendiz de las noches
con sus sueños.
Jorge Trainini
