PUBLICACIONES
DESTACADAS DESDE LA PERSPECTIVA DEL CARDIÓLOGO
Jorge ThiererMTSAC
Rev
Argent Cardiol 2023;91:171-177.
http://dx.doi.org/10.7775/rac.es.v91.i2.20620
Dos estudios sobre MINOCA
Mileva N, Paolisso
P, Gallinoro E, Fabbricatore
D, Munhoz D, Bergamaschi L
et al. Diagnostic
and Prognostic Role of Cardiac Magnetic Resonance in MINOCA: Systematic Review
and Meta-Analysis. JACC Cardiovasc Imaging 2023;16:376-89. https://doi.org/10.1016/j. jcmg.2022.12.029
Zeng M, Zhao C, Bao
X, Liu M, He L, Xu Y et al. Clinical Characteristics
and Prognosis of MINOCA Caused by Atherosclerotic and Nonatherosclerotic
Mechanisms Assessed by OCT. JACC Cardiovasc
Imaging 2023;16:521-32. https://doi.org/10.1016/j.
jcmg.2022.10.023
De acuerdo con la Cuarta Definición Universal de Infarto Agudo de
Miocardio (IAM) el término MINOCA designa un IAM (ascenso y descenso de troponinas con al menos un valor por encima del percentilo 99, más por lo menos uno de los siguientes
criterios: síntomas o cambios ECG sugestivos de isquemia, aparición de ondas Q
patológicas, evidencia en estudio de imágenes, o trombosis demostrada en
angiografía o anatomía patológica) en ausencia de enfermedad coronaria obstructiva
(lesión en cualquier vaso epicárdico ≥50%) y de
otras condiciones que pudieran justificar el cuadro (sepsis, disección aórtica,
embolia pulmonar, miocarditis, Takotsubo, etc.). Los
mecanismos responsables pueden involucrar a los vasos epicárdicos
(espasmo, trombosis in situ, embolia, disección) o la microcirculación (espasmo
o disfunción microvascular). Si bien el pronóstico es
mejor que el del IAM con enfermedad coronaria epicárdica,
dista de ser benigno, y la recurrencia de síntomas es elevada.
El diagnóstico de MINOCA ha sido definido como un “diagnóstico de
trabajo”, ya que, como se desprende de la definición, tras demostrarse en la cinecoronariografía la ausencia de enfermedad coronaria
obstructiva, debe avanzarse en descartar causas alternativas del cuadro
clínico. A la hora de los estudios diagnósticos sugeridos, el Consenso
Argentino de MINOCA (Rev Argent Cardiol
2022;90: supl. 2) plantea la valoración de la
motilidad parietal, en forma invasiva con el ventriculograma
angiográfico o no invasiva con un ecocardiograma Doppler (ambos estudios con indicación IB), que ayudan a
aproximar el diagnóstico al definir si hay alteración regional (más a favor de
diagnóstico de MINOCA) o global, si hay presencia de disección, cardioembolia (ante la duda se puede recurrir al
ecocardiograma transesofágico), etc. En el algoritmo
diagnóstico aparece a continuación la resonancia magnética cardíaca (RMC),
también con indicación I B, para todos los casos en que se planteen dudas
diagnósticas. La demostración de una patente isquémica en la RMC confirmará el
diagnóstico de MINOCA. Si bien cada vez más utilizada, la RMC tiene diferente
fuerza de indicación en diferentes guías, y su lugar en el orden de los
estudios varía de acuerdo con la disponibilidad del recurso, costos, etc.
Acabamos de conocer una revisión sistemática y metaanálisis
de los estudios publicados sobre el rédito diagnóstico y pronóstico de la RMC
en el contexto del estudio de casos presuntivos de MINOCA. Fueron incluidos los
estudios que reportaron en pacientes con “diagnóstico de trabajo” de MINOCA los
resultados de una RMC realizada dentro de los 10 días del evento índice, y en
los que se hubiera informado, más allá de la confirmación del diagnóstico
presuntivo, la prevalencia de los diagnósticos alternativos: IAM, miocarditis,
Takotsubo o un resultado normal. Se incluyeron en
total 26 estudios, con 3624 pacientes, el 56% hombres, con una edad promedio de
54 años. El 11% tenía diabetes, un 31% hipertensión arterial, un 32% dislipidemia y el 24% eran fumadores. La RMC se llevó a
cabo a una mediana de 6 días (rango intercuartilo,
RIC, 2-9 días). El diagnóstico definitivo fue el de Takotsubo
en el 10 % de los casos (IC 95% 6-12%), miocarditis en el 31% (IC 95% 25-39%);
hubo otros diagnósticos alternativos (miocardiopatía dilatada, hipertrófica o arritmogénica) en un 10%, y los hallazgos fueron normales
en el 27% de los casos (IC 95% 18-38%). ¿Y el MINOCA? Una patente sugestiva de
IAM se vio en el 22% de los estudios (IC 95% 17-26%), esto es que el cuadro de
MINOCA se confirmó en uno de cada 5 casos. Algo que merece destacarse es la
elevada heterogeneidad entre los diferentes estudios en la prevalencia de cada
uno de los diagnósticos citados, que para Takotsubo,
miocarditis y MINOCA rondó el 90%. En 5 estudios (770 pacientes, seguimiento
mediano de 45 meses) se pudo definir el valor pronóstico de los hallazgos de la
RMC: mientras que el diagnóstico de miocarditis o Takotsubo
no implicó peor pronóstico alejado (OR de 1,09 y 1,16 respectivamente, en ambos
casos con p=NS), el de MINOCA se asoció a mayor riesgo de eventos adversos
cardiovasculares mayores (OR 2,40, IC 95% 1,60-3,69).
Con base en los hallazgos de su metaanálisis,
los autores proponen un algoritmo diagnóstico, en el que, en pacientes con
diagnóstico presuntivo de MINOCA (coronariografía o angiotomografía coronaria sin evidencia de enfermedad
obstructiva), tras haberse descartado causas extracardíacas
de aumento de la troponina (disección, sepsis,
embolia pulmonar, etc.), el paso inmediato es la realización de la RMC. La demostración
de una patente isquémica (por hallazgos compatibles de realce tardío de
gadolinio, T1/T2 mapping y alteración del
volumen extracelular) certifica el diagnóstico, y habilita, de ser necesario, a
realizar estudios invasivos que aclaren el mecanismo causal: ultrasonido intracoronario, test de vasorreactividad
intracoronario, tomografía de coherencia óptica
(OCT), etc. Una patente no isquémica sugiere Takotsubo,
miocarditis, otras miocardiopatías. Una patente normal (más de un cuarto de los
casos en el metaanálisis) deja al cuadro sin
diagnóstico claro.
Como dijimos, la fisiopatología subyacente al MINOCA es variable.
El IAM puede deberse a mecanismos ateroscleróticos (fundamentalmente ruptura o
erosión de placa, o nódulo calcificado) o no ateroscleróticos (vasoespasmo, disección coronaria espontánea o disfunción microvascular). Entre los métodos diagnósticos que sirven
para aclarar el punto se cuenta la OCT. Una publicación reciente sirve para
diferenciar el valor pronóstico de los mecanismos citados. Es un estudio unicéntrico con análisis retrospectivo de datos recabados
prospectivamente en un centro de China. Entre enero de 2016 y diciembre de 2019
fueron admitidos con diagnóstico de IAM y estudiados con cinecoronariografía
7423 pacientes. En 294 se diagnosticó MINOCA de acuerdo con los criterios
citados. De ellos, en 190 se realizó OCT. El estudio no se pudo practicar en pacientes
con anatomía coronaria compleja y tortuosa, disfunción renal o hemodinámicamente inestables. De los 190 pacientes con OCT,
en 99 (52%) se diagnosticaron mecanismos ateroscleróticos responsables:
erosión de placa en 64 (33,7%), ruptura en 33 (17,4%) y nódulo calcificado en 2
(1,1%). En los restantes 91 pacientes (el 48%) se diagnosticaron mecanismos no
ateroscleróticos: disección en 8 (4,2%), espasmo en 9 (4,7%) y no se pudo
clasificar la causa en 74 (38,9%). Comparados con su contraparte, los pacientes
con mecanismos ateroscleróticos fueron más frecuentemente hombres, fumadores,
con IAM con elevación del segmento ST y valores más elevados de troponina. En ellos fue menos frecuente la presencia de
arterias con lesión < 30%, y más prevalente el hallazgo de arterias con
lesiones entre 30 y 50%. Respecto de las lesiones consideradas culpables del
cuadro, en los casos de mecanismo aterosclerótico fue mayor el área de
estenosis, las lesiones más largas, la cubierta fibrosa de las placas más
delgada, y mayor el contenido de lípidos. Se observó trombo en el 86% de los
pacientes con mecanismo aterosclerótico y en ninguno de los otros. Estas
diferencias se replicaron en las arterias no culpables.
En 187 pacientes se contó con datos de seguimiento a una mediana
de 720 días. En el primer año los pacientes con mecanismos ateroscleróticos
experimentaron 15 eventos adversos cardiovasculares mayores (15,3%): 2 muertes
cardíacas (2%), 6 procedimiento de revascularización de la lesión culpable (6,1
%), 1 ictus isquémico (1 %) y 6 reingresos por angina progresiva (6,1 %). Los
pacientes con mecanismos no ateroscleróticos experimentaron solo 4 eventos
adversos cardiovasculares mayores (4,5 %): 3 muertes cardíacas (3,4 %) y 1 IAM
no fatal (1,1%), todos en pacientes con causa no especificada por la OCT.
Estos dos trabajos que presentamos contribuyen a desentrañar los
mecanismos causales y a fortalecer una estrategia diagnóstica en el campo de
los IAM con coronariopatía no obstructiva. El primero en un metaanálisis
de grandes dimensiones. El diagnóstico de MINOCA es de incidencia creciente.
Ello se debe fundamentalmente a 2 condiciones: la expansión del uso de troponina como herramienta diagnóstica, que lleva a incrementar
su detección, y una mayor conciencia acerca de su relevancia y significado
pronóstico. La realización casi sistemática de cinecoronariografías
ante un aumento de la troponina y un cuadro
compatible lleva a diagnosticar más frecuentemente este tipo de cuadros.
Paralelamente, crece el uso de la RMC como estudio que permite definir patentes
precisas para diferenciar cuadros isquémicos y no isquémicos cuando la duda
sobre el origen coronario persiste. Un mérito de este metaanálisis
es que incluyó solo estudios en que la RMC fue realizada dentro de los primeros
10 días, y de esta manera evitó la pérdida de sensibilidad que entraña realizar
los estudios tardíamente, cuando los hallazgos iniciales se difuminan. Es
relevante tener en cuenta algunos hallazgos. Primero, que se confirmó MINOCA
en solo una quinta parte de los casos; esto confirma el criterio el concepto de
“diagnóstico de trabajo”, y revela lo cercanos en su presentación que aparecen
cuadros de etiología y fisiopatología diferentes. Es cierto que cuando la cinecoronariografía señala con certeza la imagen de una
lesión < 50% que impresiona responsable del episodio, muchas veces no se
avanza con otros estudios: es factible que muchos MINOCA no hayan llegado
entonces a la RMC, lo que diluye su prevalencia dentro de los cuadros compatibles.
Segundo, la reafirmación de que el MINOCA no es un cuadro banal: comparado con
la miocarditis y el Takotsubo, aparece asociado a
peor pronóstico, por lo que un diagnóstico inicial preciso es imprescindible
para implementar a tiempo medidas que contribuyan a mejorar la evolución, y
prevenir futuros eventos. Tercero, que en esta línea es de lamentar que casi la
tercera parte de los casos quedaron sin diagnóstico; no dice la publicación
cuál fue el pronóstico de este grupo, que tuvo un cuadro compatible con IAM y
del que no se conoció el mecanismo (no es inocuo tener elevación de la troponina). En cuarto lugar, luce atractiva la idea de
sostener a la RMC como método diagnóstico central: la información que brinda es
riquísima; pero tengamos en cuenta esta tercera parte de pacientes sin
diagnosticar, la alta heterogeneidad entre las publicaciones sobre la
proporción de cada uno de los diagnósticos sobre el total (por ejemplo, el IC
95% de hallazgos normales va de 18% a 38%) y las limitaciones en la
disponibilidad del recurso en muchos medios. Si contamos con RMC su uso en
casos como estos parece indicado, aunque no brinde certeza absoluta en todos
los casos; si no disponemos de ella, debemos emplear todos los medios a nuestro
alcance para aclarar el mecanismo responsable. No es de poca importancia
revisar concienzudamente la cinecoronariografía
inicial: más de una vez el examen repetido permite detectar trombos,
disecciones, lesiones, inadvertidas en la primera observación.
El segundo estudio va en la misma línea que el anterior, en este
caso con el empleo de un método diagnóstico de uso menos difundido en nuestro
medio, la OCT. Se centra en pacientes en los que el diagnóstico de MINOCA ya
está hecho (ya han excluido miocarditis, Takotsubo,
etc.). Mecanismos ateroscleróticos y no ateroscleróticos aparecen igualmente
repartidos. Lógicamente, los cuadros de origen aterosclerótico comparten
características clínicas y fisiopatológicas con la enfermedad coronaria
obstructiva tradicional: mayor prevalencia de hombres, fumadores, IAM con
elevación del segmento ST, placas ricas en lípidos y de cubierta adelgazada,
más predispuestas a la ruptura, trombosis. Aunque por definición son < 50%,
es mayor en este grupo la presencia de lesiones entre 30% y 50%. Pareciera en
estos pacientes haber simplemente una cuestión de grado con la coronariopatía
obstructiva. En cambio, lo que genera más dudas es la contraparte de pacientes
en los que se diagnostica mecanismo no aterosclerótico. Tal vez el término
“diagnostica” es demasiado ambicioso: solo se puede afirmar que no hay en la
OCT demostración de los fenómenos del grupo anterior, pero en 74 de los 91, más
del 80%, no hay mecanismo definido que haya llevado al MINOCA, y esto no deja
de resultar llamativo. La falta de RMC sistemática genera una duda: ¿no habrá
entre estos pacientes cuadros que este estudio hubiera contribuido a
diagnosticar? ¿Son verdaderamente MINOCA todos estos pacientes? Los autores
sostienen que en la mitad de estos casos características del estudio angiográfico sugerían enfermedad microvascular;
aun así, quedan más de 30 pacientes en la nebulosa. Y, a fuer de ser sinceros,
hay una duda anterior: de los 294 pacientes iniciales, en más de un tercio la
OCT no se llevó a cabo. No es explícito el por qué, ni si esos pacientes tenían
características diferenciales, lo que resta un poco de certeza a las
conclusiones del estudio. Lo que sí es claro es que la presencia de mecanismos
ateroscleróticos señala peor pronóstico, y que la evolución no tan temible del
MINOCA que tantas veces se ha citado probablemente es la expresión de una
mixtura de pacientes con diferentes procesos involucrados. En este sentido la
información fisiopatológica que aporta la OCT es notable, tanto como la limitación
para su uso en la práctica cotidiana por razones logísticas y de acceso.
Un último comentario: los 74 pacientes sin diagnóstico definido
con la OCT, un 38% del total, nos recuerdan al 27% de RMC con hallazgos
normales del estudio anterior: cada método tropieza con sus limitaciones.
Pareciera que más de un recurso diagnóstico es necesario para una definición
certera. Repetimos, volver a ver en detalle la coronariografía
inicial debe ser la regla.
¿A
qué velocidad progresa una estenosis aórtica? Datos reveladores de un metaanálisis
Willner N, Prosperi-Porta
G, Lau L, Nam Fu AY, Boczar K, Poulin
A et al. Aortic Stenosis Progression: A Systematic Review and Meta-Analysis. JACC
Cardiovasc Imaging 2023;16:314-28.
https://doi.org/10.1016/j. jcmg.2022.10.009
La estenosis aórtica (EA) es la enfermedad valvular más prevalente
en Occidente. Su prevalencia aumenta con la edad, y cuando alcanza criterios de
gravedad la única solución terapéutica es el reemplazo valvular, quirúrgico o
percutáneo. Un problema habitual que se plantea en la práctica cotidiana es
poder predecir, frente a un paciente con una EA leve o moderada, en qué tiempo
la misma se transformará en grave. La información al respecto es dispersa y a
veces contradictoria. La pregunta cobra mayor importancia desde que estudios
aleatorizados han señalado que en cuadros avanzados el tratamiento invasivo se
asocia a mejor pronóstico independientemente de la presencia de síntomas.
En este sentido resulta sumamente útil la publicación de una
revisión sistemática y metaanálisis de los estudios
prospectivos con seguimiento de al menos 12 meses en que se evaluaron en
pacientes con EA la gravedad de la misma y su progresión anual, con el empleo
de parámetros ecocardiográficos: el gradiente medio
(GM), el gradiente pico (GP), la velocidad pico (VP) o el área valvular aórtica
(AVA); o de la tomografía computada, con la determinación de un score de
calcificación valvular.
Tras un exhaustivo proceso de selección fueron considerados para
el análisis 24 estudios con 5450 pacientes, con edad media de 68 años, el 60%
hombres. Se definió como EA leve a aquella con un GM <20 mm Hg, un GP <36
mm Hg, una VP de 2,5-3 m/s, o un AVA >1,5 cm2; como EA
moderada a aquella con GM 20-40 mm Hg, GP 36-64 mm Hg, VP 3-4 m/s o un AVA
1-1,5 cm2;
y como EA grave a aquella con GM >40 mm Hg, GP >64 mm Hg, VP >4 m/s o
AVA <1 cm2. Respecto de la calcificación
valvular, se consideró EA leve si el score de calcio era <500 UA, EA
moderada con valores entre 500 y 1500, y EA grave con valores >1500 UA.
Al considerar como parámetro basal el GM para clasificar la
gravedad de la EA, se vio una tasa media (IC 95%) de progresión anual de dicho
parámetro de 2,3 (0,9-3,7) mm Hg en la EA leve, 4,3 (3,2-5,7) mm Hg en la EA
moderada y 10 (9-11) mm Hg en la EA grave (p<0,001 para la diferencia en la
progresión según la gravedad basal, aunque con elevada heterogeneidad en los
resultados).
Al considerar como parámetro basal la VP, la tasa media (IC 95%)
de progresión anual de dicho parámetro fue de 0,09 (- 0,04-0,21) m/s en la EA
leve; 0,18 (0,12-0,23) m/s en la EA moderada y 0,33 (0,21-0,46) m/s en la EA
grave (p=0,001 para la diferencia en la progresión según la gravedad basal, aunque
también con alta heterogeneidad).
En el caso del GP, los cambios anuales fueron respectivamente 5,7
(0,09-11,3) mm Hg, 6,6 (5-8,3) mm Hg y 15 (12-17,9) mm Hg. La heterogeneidad
fue elevada, pero no se pudo demostrar diferencia significativa según la gravedad
basal, por la similitud de progresión entre la forma leve y la moderada.
En el caso del AVA sucedió algo similar: la caída anual fue casi
idéntica entre la EA leve y la moderada: -0,07 (- 0,10 a -0,05) cm2 y
-0,08 (-0,10 a -0,06) cm2 y mayor en la EA grave: -0,12 (-0,16 a
-0,07) cm2.
Respecto del score de calcio, sí hubo diferencia
significativa según la gravedad basal de la EA, con aumentos medios anuales de
101, 202 y 323 UA en la EA leve, moderada y grave.
Los resultados de este metaanálisis tienen
utilidad práctica. Señalan la tasa de progresión esperada para cada parámetro
de gravedad hemodinámica o anatómica de la EA, según la gravedad de la misma al
momento del examen inicial. Es claro que el problema clínico más desafiante que
enfrentamos a diario en este sentido es el tiempo que puede demorar en
progresar la EA moderada a la EA grave. En este sentido, considerando el
extremo superior del IC 95% para los gradientes y la velocidad, y el inferior
para el AVA (que implica la mayor caída), podemos estimar es tiempo. Por ejemplo,
en el caso de la VP, en la EA moderada el extremo superior del IC 95% en la
tasa de progresión anual es 0,23 m/s. Llegar de 3 m/s (EA moderada) a 4,1 m/s
(EA grave) puede demorar un mínimo de casi 5 años: (4,1-3) /0,23. Por supuesto
que estos datos son estimativos: son una medida sumaria de cambio, resumen en
un solo número la información de gran cantidad de pacientes individuales. Las
características basales individuales no son tenidas en cuenta. Por ejemplo, en
un paciente con enfermedad renal crónica en estadios avanzados, con incidencia
aumentada de procesos de calcificación, seguramente los tiempos se acortan
sustancialmente.
En el caso de los parámetros ecocardiográficos
no deja de llamar la atención que solo la velocidad de progresión del GM y la
VP sea diferente según la gravedad inicial. Sostienen los autores que ello se
debe a que el cálculo del GP amplifica el error que pueda haber habido en la
medición de la VP, ya que GP=4 (VP)2;
y que la determinación de la AVA (aunque fundamental a la hora de definir la
gravedad de la EA) está sujeta a cuestiones metodológicas que pueden variar
según el operador y la técnica. En cualquier caso, se debe remarcar la alta
heterogeneidad de los hallazgos en cada uno de los parámetros explorados, lo
que torna al valor sumario más una expresión global que una determinación que
podamos aplicar con certeza absoluta. El mensaje final es tal vez algo que
intuitivamente aplicamos en la práctica cotidiana: cuanto más cercano un cuadro
a estadios avanzados que obligan a tomar medidas extraordinarias, más cercano
debe ser el seguimiento y frecuentes los estudios diagnósticos.
Metaanálisis de TAVI vs
reemplazo valvular quirúrgico: diferencias en los resultados según el riesgo
basal en los estudios aleatorizados
Ahmad Y, Howard JP, Arnold
AD, Madhavan MV, Cook CM, Alu
M et al. Transcatheter versus surgical aortic valve
replacement in lower-risk and higher-risk patients: a meta-analysis of
randomized trials. Eur Heart J 2023;44:836-852.
https://doi.org/10.1093/eurheartj/ehac642
Desde su aparición, el implante percutáneo de válvula aórtica
(TAVI) ha logrado un rol creciente en el tratamiento de la EA grave. Inicialmente
testeado en pacientes inoperables vs. tratamiento
médico, fue posteriormente comparado con el reemplazo valvular quirúrgico
(RVAQ) en pacientes de riesgo operatorio alto, y luego en pacientes de menor
riesgo. La demostración de no inferioridad respecto del RVAQ, con acortamiento
de los tiempos de internación y reducción de una serie de complicaciones hizo
que el TAVI lograra un lugar claro en el tratamiento de la EA. Como con toda
tecnología novedosa, la necesaria curva de aprendizaje y cuestiones vinculadas
con los costos y la efectividad tienen también injerencia en la decisión de
llevarlo a cabo. Un reparo que se formula habitualmente es el relacionado con
el tiempo de seguimiento de los estudios, juzgado muchas veces insuficiente
para definir durabilidad del implante y resultados alejados.
Conocemos ahora un metaanálisis que
consideró solamente estudios aleatorizados (excluyó estudios observacionales)
que compararon TAVI con RVAQ, con un seguimiento mínimo de 1 año. Tiene la
virtud de incorporar el máximo seguimiento reportado hasta ahora de cada
estudio. Los resultados principales fueron la mortalidad por todas las causas,
todos los accidentes cerebrovasculares (ACV) y el compuesto de muerte o ACV
incapacitante, según se informó en cada ensayo. Los criterios de valoración
secundarios incluyeron la muerte cardíaca (o cardiovascular), el ACV
incapacitante, el IAM, el implante de nuevo marcapasos permanente, la reintervención de la válvula aórtica, sangrado mayor,
complicaciones vasculares mayores, fuga paravalvular,
la aparición de fibrilación auricular (FA), la rehospitalización
y la incidencia de injuria renal aguda (IRA)
Fueron incluidos 8 estudios, divididos por el riesgo basal de los
pacientes, de acuerdo con el score STS-PROM (score de la Sociedad de
Cirujanos Torácicos predictor de mortalidad) en estudios de bajo y alto riesgo.
Para cada estudio se consideraron además las publicaciones posteriores a la
original que actualizaran datos sobre la sobrevida alejada. Los estudios de
bajo riesgo fueron aquellos con score STS-PROM < 4%: PARTNER 3, Evolut Low-Risk, NOTION y UK
TAVI. La edad media en estos estudios osciló entre 73 y 81 años. Los estudios
de alto riesgo (STS-PROM > 4%) fueron PARTNER 1A, CoreValve
High-Risk, PARTNER 2 y SURTAVI. La edad media en este
caso osciló entre 79,8 y 84 años. En total se trató de 8698 pacientes, 3557 de
bajo riesgo, 5141 de alto riesgo; 4443 asignados a TAVI y 4255 a RVAQ. La
duración máxima de seguimiento disponible para este análisis fue de 1 año en
un ensayo, 2 años en dos ensayos, 5 años en cuatro ensayos y 8 años en un
ensayo. La duración media ponderada de seguimiento fue de casi 4 años, 46,5
meses. Se expresó la relación de riesgo de eventos tempranos (dentro del primer
año de seguimiento) como RR, y luego del primer año y en forma global como HR,
en ambos casos con su correspondiente IC95%, entre TAVI y RVAQ.
Al considerar el punto final muerte de todas las causas, en los
cuatro estudios de bajo riesgo, el RR con TAVI respecto de RVAQ dentro del
primer año fue 0,67 (IC95% 0,47-0,96), p= 0,03. En el seguimiento a más largo
plazo el HR fue 0,90 (IC95% 0,69-1,17), p=NS. Al evaluar con un metaanálisis de datos individuales reconstruidos la
duración total del seguimiento no hubo diferencia significativa, pero sí una
tendencia, en la mortalidad por todas las causas entre TAVI y RVAQ (HR global
0,79, IC95 % 0,60–1,04, p = 0,09), con importante heterogeneidad en los
resultados, y con una diferencia en la sobrevida media entre ambas estrategias
de solo 0,8 meses, no significativa: 54,3 vs 53,5. En los cuatro ensayos de
mayor riesgo, el RR dentro del primer año fue 0,93 (IC95 % 0,81–1,08), y a más
largo plazo el HR fue 1,04 (IC95 % 0,96–1,13), en ambos casos con p=NS. En
estos ensayos los riesgos proporcionales cambiaron con el tiempo. Hubo un menor
riesgo de muerte con TAVI hasta los 6 meses (HR 0,68, IC95% 0,56-0,82,
p<0,01), pero mayor riesgo más allá de los 6 meses (HR 1,17, IC95 %
1,05-1,29, p< 0,01). Al evaluar la duración total del seguimiento no hubo
diferencia entre los dos grupos (OR 1,07, IC 95% 0,95-1,20, p= 0,27), con una
diferencia en la sobrevida media de solo 0,5 meses, no significativa (46,2
frente a 45,7 meses).
Al tomar en consideración el punto final ACV, en los cuatro
ensayos de bajo riesgo, el RR del TAVI en relación con el RVAQ fue 0,91 (IC 95%
0,46-1,80), y en el seguimiento a más largo plazo, el HR fue 0,93 (IC 95 %
0,66–1,31), en ambos casos con p =NS. En los cuatro ensayos de mayor riesgo, la
situación fue análoga: el RR al año fue 0,93 (IC95% 0,68-1,27), y el HR luego
del año 0,94 (IC95% 0,75-1,18), también con p=NS en ambos casos. Al evaluar con
el metaanálisis de datos individuales reconstruidos
la duración total del seguimiento de cada ensayo en conjunto, hubo en el caso
de los estudios de bajo riesgo menor riesgo de ACV con TAVI hasta los 3 meses
(HR 0,52, IC 95% 0,30-0,88) pero mayor riesgo luego (HR 2,14, IC 95%
1,22-3,78), sin diferencias significativas al evaluar el seguimiento global (OR
1,03, IC 95% 0,71-1,49, P = 0,87). En el caso de los ensayos de alto riesgo, no
hubo diferencia en el riesgo de ACV hasta los 3 meses (HR 0,87, IC 95 %
0,68–1,12) ni luego (HR 1,06, IC 95% 0,82-1,37).
El punto final muerte o ACV incapacitante reprodujo las
tendencias señaladas al hablar de mortalidad de todas las causas. En los
estudios de bajo riesgo el RR hasta el año fue 0,68 (IC 95% 0,50-0,92), p=0,01;
y el HR luego del año 0,85 (IC 95% 0,63-1,15), p=NS. En forma global el HR fue
0,85 (IC 95% 0,67-1,08). En los estudios de alto riesgo el RR al año fue 0,90
(IC 95 % 0,79–1,02) y el HR luego del año 1,04 (IC 95% 0,96–1,13), siempre con
p=NS. Al considerar en vez de 1 año la incidencia de eventos a 6 meses, se vio
nuevamente un comportamiento dual: a 6 meses reducción de riesgo, con HR 0,73
(IC 95% 0,62–0,85), p < 0,01), y luego aumento del riesgo, con HR 1,20 (IC
95 % 1,09–1,33), p < 0,01. Al evaluar la duración total del seguimiento no
hubo diferencias significativas entre los dos grupos (OR 1,09, IC 95 %:
0,97–1,23, p = 0,12), con una diferencia exigua en la sobrevida libre de
eventos, 44,8 vs. 44,4 meses.
Respecto de los criterios de valoración secundarios, evaluados
hasta el año de seguimiento, en los estudios de bajo riesgo no hubo diferencia
significativa entre TAVI y RVAQ para IAM y reintervención
valvular. El TAVI se asoció con mayor riesgo de necesidad de un nuevo
marcapasos permanente y fuga paravalvular leve y
moderada, y complicaciones vasculares mayores, pero con menor riesgo de ACV
incapacitante, muerte cardíaca (en el límite de la significación estadística,
p= 0,05), rehospitalización, IRA, FA y hemorragia
mayor. En los estudios de mayor riesgo, no hubo diferencia significativa entre
ambas estrategias para para muerte cardíaca, IAM o ACV incapacitante, pero, al
igual que en los de bajo riesgo, mayor necesidad de marcapasos permanente, reintervención de la válvula aórtica, fuga paravalvular leve y moderada y complicaciones vasculares
mayores; y reducción de nueva FA, IRA o hemorragia mayor.
Este metaanálisis nos ofrece el
seguimiento más largo hasta el momento, basado en todas las fuentes disponibles
y actualizaciones, del total de los estudios aleatorizados de TAVI vs RVAQ
llevados a cabo hasta hora. Surgido inicialmente como una alternativa terapéutica
en pacientes con EA inoperables o de alto riesgo quirúrgico, la práctica del
TAVI se ha ido expandiendo, como sucede con tantos otros tratamientos, a
cuadros de menor gravedad. Así, por ejemplo, la mortalidad anual en el estudio
PARTNER 1A en 2011 fue 24,2 % en el grupo TAVI y 26,8 % en el grupo RVAQ; en el
estudio PARTNER 2 en 2012, 12,3 % con TAVI y 12,9% después del RVAQ; y en el
ensayo PARTNER 3, en pacientes de bajo riesgo en 2019, 1,0 % con TAVI y 2,5 %
con RVAQ.
Como resultados relevantes podemos concluir que, en los estudios
con pacientes de bajo riesgo, hay, con el TAVI respecto del RVAQ, reducción en
el primer año del riesgo de muerte, y de muerte más ACV incapacitante;
considerando solo el efecto sobre el ACV, se verifica reducción de riesgo solo
hasta los 3 meses, pero aumento luego, por lo que el efecto al cabo del año es
neutro. En el seguimiento extendido el efecto sobre mortalidad total se atenúa,
y queda restringido a tendencia. ¿Cuáles son, además, las ventajas para el
TAVI? Menos ACV incapacitante como evento individual,
arritmias, sangrado y FA, y fuerte tendencia a caída de la mortalidad cardíaca.
¿El precio a pagar? Mayor necesidad de reintervención
valvular, complicaciones vasculares e implante de marcapasos definitivo.
¿Qué
sucede en los ensayos de alto riesgo? Vemos reducción del riesgo de muerte o de
muerte más ACV incapacitante solo los primeros 6 meses, con aumento luego, con
lo que el efecto final ya al año es neutro. Los efectos sobre los puntos
secundarios son similares a los de los estudios de bajo riesgo.
Los
eventos que ocurren con mayor frecuencia después del TAVI (fuga paravalvular, reintervención,
necesidad de marcapasos definitivo) repercuten en el pronóstico a más largo
plazo; aquellos con mayor frecuencia después del RVAQ (sangrado, FA, IRA; ACV
incapacitante) son de mayor relevancia a corto plazo. Esto puede explicar la
ventaja inicial para el TAVI respecto del RVAQ sobre la mortalidad total,
evidente hasta el año en los ensayos de bajo riesgo y solo
hasta los 6 meses en los de alto riesgo, en los que se verifica, incluso, un
efecto rebote luego, que neutraliza la ventaja inicial cuando nos extendemos
hasta el año. De manera entonces que, contra la creencia extendida de que el
TAVI ofrece beneficio neto en la sobrevida respecto del RVAQ en los pacientes
de mayor riesgo, se desprende de este análisis que la ventaja pareciera radicar
en los pacientes no tan comprometidos. Y, de cualquier manera, la diferencia en
la sobrevida libre de eventos entre ambos tratamientos nunca supera el mes. La
significación estadística parece entonces más llamativa que la clínica.
Como
limitaciones podemos citar que estamos frente a un metaanálisis
formulado al nivel de estudios, no de datos individuales. Se refieren los
autores a “datos individuales reconstruidos”: se trata de una técnica que
infiere información desde los gráficos de sobrevida, las curvas de Kaplan Meier; no hay una verdadera disponibilidad de los datos
individuales de los pacientes. Algo que debe remarcarse es la elevada
heterogeneidad entre los estudios (diferencias significativas en muchos de los
resultados), por lo que la medida sumaria de efecto debe verse como sugestiva
pero no como certeza de la magnitud de un efecto determinado.
Por
último, este metaanálisis es de estudios aleatorizados,
con todas las consideraciones debidas a la alta validez interna y a la más
discutible validez externa. Diferentes registros nacionales e internacionales
pueden contribuir a una pintura más acabada de la realidad, con el riesgo
inherente de la presencia de confundidores más allá de los conocidos. Una
extensión de los plazos de seguimiento de los estudios citados, datos de nuevos
ensayos clínicos y registros contribuirán a un conocimiento más acabado de lo
que podemos esperar del TAVI en nuestros pacientes con EA grave a más largo
plazo (pronóstico más alejado, longevidad del implante, etc.) Mientras tanto,
el desarrollo de la técnica y su empleo crecen incesantemente.
Diferencias
socioeconómicas y evolución del IAM en 6 países de altos ingresos.
Landon BE, Hatfield LA, Bakx P, Banerjee A, Chen YC, Fu C et al. Differences in
Treatment Patterns and Outcomes of Acute Myocardial Infarction for Low- and
High-Income Patients in 6 Countries. JAMA 2023;329:1088-97. https://doi.org/10.1001/jama.2023.1699
Suele
reconocerse que las diferencias socioeconómicas se traducen en diferente perfil
de riesgo cardiovascular de los pacientes, diverso grado de cobertura, disímil
acceso al sistema de salud y utilización de recursos y, se presume, en
diferente pronóstico. Es claro que la evolución de los enfermos difiere entre
países ricos y países pobres. Pero ¿qué sucede cuando nos centramos en países
ricos con una cobertura de salud continente? ¿Influye el nivel socioeconómico
en el destino de los pacientes? Presentamos un estudio colaborativo llevado a
cabo en 6 países de altos ingresos: Taiwán, Países Bajos, Inglaterra, Estados
Unidos de América, Canadá (Ontario y Manitoba) e Israel. Se trata de un
análisis retrospectivo de bases de datos administrativas, con el análisis de la
información sobre pacientes de 66 años o más, internados por un cuadro de IAM
con elevación del segmento ST (IAMCEST) o sin dicha elevación (IAMSEST). En el
caso de los Estados Unidos se trató de pacientes de Medicare. Fue analizado el
período entre inicios de 2013 y fines de 2018. Se consideraron los datos de los
pacientes cuya vivienda (definida a partir del código postal) correspondiera a
la ubicación del 20% más alto y el 20% más bajo de la distribución de ingresos
en cada región. Fue punto final primario la mortalidad a 30 días y al año,
ajustada por edad, sexo y comorbilidades; y puntos finales secundarios el
empleo de cinecoronariografía, y la realización de
angioplastia y cirugía coronaria. Se excluyó a los pacientes que hubieran
tenido un IAM en el año previo a la internación índice.
Se
analizaron en total 289 376 internaciones por IAMEST y 843 046 con IAMSEST. La
razón de ingresos entre los pacientes ricos y pobres varió entre 1,35 en Taiwán
y 4,36 en Israel. La incidencia de ambos tipos de IAM fue mayor entre los
pacientes de ingresos más bajos en los 6 países; las diferencias más notables
se vieron en Israel, con incidencia anual de IAMCEST de 2,1 ‰ en el 20% más
pobre y 1,1 ‰ en el 20 % más rico, y cifras correspondientes de 4,8‰ y 2,3‰
para el IAMSEST. La incidencia de eventos duros fue mayor entre los pobres. En
lo que hace al IAMCEST, en la mortalidad a 30 días la diferencia más notable se
vio en Canadá (exceso de 2,9%) mientras que en Taiwán fue prácticamente nula;
en la mortalidad al año el mayor exceso de mortalidad entre aquellos con
menores ingresos se vio en Israel (9,1%) mientras que en Taiwán nuevamente
bordeó el 0. Con respecto al IAMSEST, en la mortalidad a 30 días la diferencia
más notable se vio en Israel (exceso de 2,8% entre los pobres) y algo similar
se dio al año (exceso de 6,7%) mientras que en Taiwán no hubo diferencias
significativas entre pobres y ricos a 30 días o 1 año.
En
lo que hace al cateterismo cardíaco, la tasa de utilización fue también mayor
entre los pacientes más ricos en todos los casos, con la mayor diferencia en
Inglaterra (exceso de 5,9% en el IAMCEST y 9,6% en el IAMSEST), y la menor en
Taiwán (2,4% y 1,7% respectivamente). Y en lo que respecta a la angioplastia
coronaria, nuevamente la mayor diferencia se vio en Inglaterra (6,1% y 6,5%
para el IAMCEST y el IAMSEST) y la menor en Países Bajos para el IAMCEST (3,3%)
y en Taiwán para el IAMSEST (1,6%). La duración de la internación fue menor
para los pacientes más ricos, excepto en Israel y Taiwán, y la tasa de
readmisión a 30 días también menor para los pacientes de mayores ingresos.
Este
análisis entrega una serie de conclusiones de interés. Incluso en países ricos
con buenos sistemas de salud, las diferencias socioeconómicas aparecen
vinculadas con diferente tasa de utilización de recursos y evolución del IAM en
diferentes estratos socioeconómicos. No deja de ser interesante de cualquier
manera que el país con menor inequidad (Taiwán) aparece como el de nula
diferencia en la mortalidad del IAM a 30 días y un año; y que aquel con mayor
diferencia de ingresos entre ricos y pobres (Israel) es el que tiene también la
mayor diferencia de mortalidad para el IAMCEST al año, y para el IAMSEST a 30
días y un año. No hay, es cierto, una correspondencia absoluta entre las
diferencias en la indicación de cateterismo y angioplastia y las diferencias de
mortalidad: Inglaterra aparece como el país con mayor discrepancia en el uso de
cateterismo y angioplastia para ambos tipos de IAM, pero no es por eso el de
mayor diferencia en mortalidad (incluso para el IAMCEST está en ese sentido en
cuarto lugar entre los 6 considerados). Los pobres no solo tienen en general
mayor mortalidad: sus internaciones son más prolongadas y su tasa de readmisión
mayor, en todos los países. Ello sugiere que otros factores, más allá de la
revascularización, influyen en el pronóstico alejado. Pese al ajuste por edad y
comorbilidades otros factores juegan indudablemente un rol. Y en ese sentido es
de lamentar que este análisis no tome en cuenta, por ejemplo, las diferencias
en el tratamiento farmacológico ambulatorio. No tenemos datos sobre antiagregantes, estatinas y
antagonistas neurohormonales; seguramente parte de
las diferencias en el pronóstico de los pacientes vaya más allá de lo que les
sucede en la internación: tratamiento médico completo, periodicidad de las
visitas de seguimiento, acceso más sencillo a la consulta, cumplimiento
adecuado de dieta, recreación y actividad física, son todos factores que
sabemos difieren entre pobres y ricos y sin duda definen también su pronóstico.
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