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La enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC) ha sido tradicionalmente conceptualizada como una patología respiratoria, estrechamente ligada al tabaquismo y caracterizada por la limitación crónica del flujo aéreo. Sin embargo, en las últimas dos décadas, una creciente base de evidencia ha revelado que la EPOC es mucho más que una enfermedad pulmonar; constituye un trastorno sistémico con implicaciones significativas sobre la salud cardiovascular. (1) En este contexto, la reciente actualización de las guías GOLD 2025 (2) propone un cambio paradigmático, reconociendo explícitamente a la EPOC como un factor de riesgo cardiovascular relevante, lo que plantea una necesidad urgente de adaptar nuestras herramientas de estimación del riesgo cardiovascular como lo son las escalas de Framingham, ASCVD y PREVENT. (3-5)

El vínculo entre EPOC y enfermedad cardiovascular no es nuevo. Estudios longitudinales han mostrado consistentemente que los pacientes con EPOC tienen riesgo elevado de eventos cardiovasculares mayores, incluyendo infarto agudo de miocardio, insuficiencia cardíaca y muerte súbita. (5) Este riesgo es independiente de los factores de riesgo clásicos como la hipertensión arterial, dislipidemia o diabetes mellitus, y parece estar mediado por mecanismos fisiopatológicos propios de la EPOC, tales como inflamación sistémica crónica, disfunción endotelial, hipoxia intermitente y estrés oxidativo. La coexistencia de EPOC y enfermedad cardiovascular no solo incrementa la morbimortalidad, sino que también complica el manejo clínico y la calidad de vida del paciente. (2,6-11)

Pese a esta asociación clara, las escalas de riesgo cardiovascular más utilizadas en la práctica clínica no contemplan la EPOC como variable predictiva. La escala de Framingham, una de las herramientas más utilizadas en los últimos años, basa su predicción en variables tradicionales como la edad, sexo, colesterol total y HDL, presión arterial sistólica, tratamiento antihipertensivo, tabaquismo o diabetes. Por otra parte, la herramienta ASCVD promovida por ACC/AHA, aunque incorpora aspectos étnicos y de tratamiento, tampoco considera comorbilidades respiratorias como la EPOC. (4) La reciente escala PREVENT tampoco la toma en cuenta. (5)

Las nuevas guías GOLD 2025 ofrecen un seguimiento clínico y epidemiológico robusto para reconsiderar esta omisión. En su nueva clasificación de fenotipos de EPOC y en la redefinición de riesgo, se enfatiza que la presencia de EPOC conlleva un riesgo cardiovascular incrementado, incluso en la ausencia de factores clásicos. En particular, se destaca el fenotipo con predominio de enfisema, la presencia de exacerbaciones frecuentes y la coexistencia de hipoxemia como indicadores de riesgo cardiovascular elevado. (2,10-12) La omisión de la EPOC en las escalas de riesgo tiene consecuencias clínicas tangibles. Muchos pacientes son subestimados en su riesgo real, lo que podría derivar en una falta de indicación para terapias preventivas como el uso de estatinas, antiplaquetarios o inhibidores del sistema renina-angiotensina, cuya utilidad en pacientes con riesgo cardiovascular elevado está bien establecida. Esta subestimación también afecta decisiones sobre intensificación del control de la presión arterial o estrategias para cesación del tabaquismo. (13,14)

Ciertamente, no se propone abandonar las herramientas existentes, sino complementarlas. Así como la diabetes tipo 2 o la enfermedad renal crónica son reconocidas como equivalentes de riesgo cardiovascular, proponemos que la EPOC –particularmente en estadios moderados a severos– sea considerada como un modificador relevante del riesgo, al menos hasta que los modelos predictivos sean recalibrados con esta variable incluida.

Una posible vía para esta integración es la validación externa de las escalas existentes en cohortes de pacientes con EPOC, analizando su capacidad discriminativa y calibración. Estudios de validación podrían establecer puntos de corte ajustados o coeficientes de riesgo específicos para pacientes con EPOC, como se ha hecho previamente con otras condiciones clínicas. Asimismo, es necesario promover investigaciones multicéntricas que incorporen variables respiratorias en la predicción del riesgo cardiovascular, y que permitan el desarrollo de escalas específicas o modificadas. La medicina moderna se dirige hacia la precisión y la personalización. Ignorar la interacción entre órganos y sistemas perpetúa una visión reduccionista de la salud. Incluir la EPOC como factor de riesgo cardiovascular en nuestras herramientas clínicas es no solo una cuestión de justicia científica, sino también una acción concreta para reducir eventos prevenibles en una población vulnerable. Como comunidad médica, tenemos el deber de actualizar nuestras prácticas en concordancia con la evidencia emergente. (13,14)

Por todo lo anterior, hacemos un llamado a las sociedades científicas, desarrolladores de guías y constructores de escalas clínicas para que consideren con urgencia la actualización de las herramientas de predicción cardiovascular, incluyendo la EPOC como variable modificadora del riesgo, en coherencia con las guías GOLD 2025. Este ajuste no solo reflejará mejor la complejidad clínica de nuestros pacientes, sino que también permitirá una intervención más oportuna y efectiva para prevenir la morbimortalidad cardiovascular en personas con EPOC.

Declaración de conflicto de intereses

Los autores declaran que no tienen conflicto de intereses. (Véanse formularios de conflicto de intereses de los autores en la Web)